Rosa Forgue cumple 100 años este domingo 6 de septiembre, pero ella hace una cuenta muy distinta: siente que tiene 50. La frase no busca negar el calendario. Resume una vida que todavía se mide en aulas, viajes, tangos, libros, pinturas, amistades y recuerdos que conserva con una precisión que impresiona.
Su historia está profundamente unida a la Escuela Normal de Tandil. Llegó cuando tenía siete años, cuando la institución todavía funcionaba en calle Maipú. Allí hizo la primaria, siguió la secundaria y vivió una escena que guarda intacta: la mudanza al nuevo edificio. “Vinimos todos caminando”, recordó. De aquella llegada le quedaron los espacios, los aromas y la sensación de lujo que le provocaba una escuela nueva, enorme y hermosa.
Se recibió en 1946 y poco después empezó a trabajar como ayudante de tesorería. Más adelante combinó las tareas administrativas con la docencia, después de rendir los exámenes correspondientes. Pasó por cuarto y quinto grado, aunque sexto fue durante años su aula más habitual. También llegó a ser regente, cargo para el que debió rendir examen en Bahía Blanca. Hasta su jubilación, en 1990, la Escuela Normal fue mucho más que un empleo: fue el lugar donde estudió, enseñó y acompañó a generaciones de tandilenses.
Cuando habla de sus alumnos, Rosa no se adjudica méritos grandilocuentes. “Yo trataba de ser lo mejor posible”, dijo. Quienes compartieron tiempo con ella, sin embargo, la recuerdan como una maestra querida, cariñosa y con una manera de enseñar que iba más allá de su época. Esa marca, silenciosa pero duradera, es una de las formas más potentes de permanecer en una ciudad.
Tras jubilarse atravesó un tiempo de dolor por la muerte de su marido. Los viajes, impulsados por una amiga, le devolvieron movimiento y curiosidad: conoció Egipto, Turquía, Grecia, Tailandia y distintos paisajes argentinos. También encontró refugio y entusiasmo en la pintura, el canto, el teatro, el cine y el tango. Hoy sigue leyendo, mirando televisión, usando el celular, enviando mensajes y manteniendo presencia en Facebook.
Rosa recuerda incluso la Revolución de 1930: tenía cuatro años y creyó que el movimiento de gente era parte de su cumpleaños. Un siglo después, conserva una mirada activa sobre el país y un deseo simple, pero enorme: poder ver a la Argentina mucho mejor. Tandil celebra sus 100 años con una certeza incómoda para cualquiera que crea que la edad se explica solo con un número: una vida curiosa nunca entra del todo en una cifra.

