Cuando buena parte de Tandil todavía duerme, Diego Molina ya está arriba de la moto con las alforjas cargadas de diarios. Cada domingo, a las 3 de la mañana, llega a la redacción de El Eco, prepara el reparto y sale a recorrer la ciudad. Cuatro horas después, su objetivo está cumplido: que quienes todavía eligen el papel encuentren las noticias locales en la puerta de su casa al despertarse.
Es una rutina que sostiene hace 25 años y que explica con una lógica simple, pero poderosa. Diego no espera a que lleguen los diarios de Buenos Aires para hacer un único recorrido: primero reparte la información de Tandil y después vuelve a buscar las publicaciones de afuera. “¿Por qué vas a esperar que venga el de Buenos Aires si a vos te interesan las noticias de acá?”, plantea el responsable del kiosco Medalla.
Su historia no habla solamente de diarios y revistas en una época dominada por las pantallas. Habla de un oficio que se transforma sin resignar su razón de ser: informar, recomendar, conversar y conocer a cada cliente. Hoy, el fuerte del negocio también pasa por las suscripciones a suplementos, colecciones y libros. Los martes, recuerda Diego, el fútbol agrario tenía su público fiel. Para él, el papel sigue ofreciendo algo que no entra en una notificación: la posibilidad de detenerse a entender qué pasa en la calle y por qué pasa.
Oriundo de Monte Grande, Molina trabajó en el Aeropuerto de Ezeiza, justo en el sector donde llegaban los diarios. Hace casi 30 años llegó a Tandil con una meta clara: convertirse en canillita. Empezó repartiendo para un kiosco de Rodríguez y Uriburu, luego tuvo su propio puesto en Falucho y la colectora, hasta que un choque destruyó esa estructura. La respuesta de sus clientes y conocidos fue inmediata: colaboraron para que pudiera recomenzar pocos días después, esta vez en avenida Brasil y Pozos. Allí funciona hoy Medalla, con una estética adaptada al paseo comercial pero con un cartel de El Eco que conserva parte de aquella historia.
En una zona donde antes había cinco puestos entre El Cerrito, el Casino y la ruta, Diego dice que quedó solo uno. No atribuye esa caída únicamente a las ventas: también pesa un trabajo sacrificado, con apenas cinco días libres al año. Uno es el 7 de noviembre, Día del Canillita. Y el futuro del kiosco tiene nombre propio: Santiago, su hijo, entrenador de atletismo y compañero en el mostrador y en los repartos.
Padre e hijo comparten más que un negocio: comparten el oficio y la idea de que todavía hay lectores para cada formato. Santiago empezó de chico, repartiendo en su barrio, y hoy suma propuestas para actualizar el rubro: publicidad durante los recorridos, suplementos infantiles y publicaciones útiles para las familias. En tiempos de redes sociales, la pregunta queda abierta en Tandil: ¿el diario en papel resiste por costumbre o porque todavía ofrece una forma distinta de estar conectado con la ciudad?
Cuatro horas después, su objetivo está cumplido: que quienes todavía eligen el papel encuentren las noticias locales en la puerta de su casa al despertarse





