Eduardo Sacheri dejó en Tandil una frase que incomoda porque no habla de ficción: advirtió que nos hemos vuelto más brutales al comunicarnos y al vincularnos con quienes piensan distinto.
El escritor participó el viernes de una charla del ciclo “Encuentros para pensar”, impulsado por la Cámara Empresaria, y luego firmó libros para lectores en Librería Alfa. Según contó La Lupa Random, más de 300 personas asistieron a la convocatoria. En una conversación posterior, Sacheri puso el foco en un problema cotidiano que atraviesa aulas, familias, trabajos, grupos de WhatsApp y, sobre todo, redes sociales.
El autor sostuvo que la horizontalidad que habilitaron las plataformas tiene un costado valioso: más personas pueden opinar y expresarse. Pero también señaló el costo de esa apertura cuando la diferencia se transforma en agresión. “Nos hemos vuelto mucho más brutales en el modo de comunicarnos, expresarnos y vincularnos con los que no piensan como nosotros”, planteó.
Para Sacheri, que fue docente durante décadas además de construir una carrera literaria reconocida internacionalmente, el problema no es que existan posiciones distintas. La dificultad aparece cuando una opinión pasa a funcionar como sentencia moral sobre quien la sostiene. Su llamado fue concreto: recuperar la tolerancia y no “condenar al infierno” a alguien por pensar diferente.
Tandil ocupa un lugar especial en su recorrido. Aquí presentó por primera vez Esperándolo a Tito, su primer libro, y aquí vivió una de sus primeras entrevistas como protagonista. Por eso definió su regreso a la ciudad como una vuelta a casa. También habló de fútbol, de su vínculo con Independiente y de los fanatismos, que rechaza porque, según explicó, impiden reconocer lo bueno que puede haber del otro lado.
La escena deja una pregunta menos literaria de lo que parece: si podemos discutir una idea sin convertir a la otra persona en enemiga. En una ciudad donde las conversaciones corren rápido entre la mesa familiar, el café, la cancha y el teléfono, la advertencia de Sacheri merece quedarse un rato más.
La escena deja una pregunta menos literaria de lo que parece: si podemos discutir una idea sin convertir a la otra persona en enemiga


