Hay docentes que se jubilan y docentes que siguen viviendo en la memoria de sus alumnos. Hilda Esther Valor Guffanti, “Coca” para generaciones de tandilenses, tiene 92 años y una historia que atraviesa buena parte de la escuela pública local. Este 11 de septiembre, Día del Maestro, su recorrido vuelve a poner en primer plano una idea sencilla y potente: enseñar no termina cuando suena el timbre.
Recibida en 1951 en la Escuela Normal, cuando el magisterio se cursaba en el nivel medio, comenzó a trabajar en 1957 como suplente en la Escuela Rural 50, detrás de la Ruta 226. Un año después fue titularizada. Para llegar, se bajaba en la estancia Alcira y caminaba siete kilómetros hasta la escuela. Las clases también acomodaban sus horarios a la vida de las familias rurales, muchas de ellas ligadas al tambo.
Después llegaron las escuelas 41, 59, 7, 34, 53 y 37. Fue maestra de grado, secretaria, vicedirectora y directora. Participó además de los inicios del Centro de Investigación Educativa junto a otras docentes, aunque pronto entendió que lo suyo estaba en el aula. “Yo no era para estar en una oficina”, recordó. La definición no parece menor: detrás de cada cargo, Coca ubicó siempre el vínculo con los chicos como el centro de la tarea.
Ese vínculo sigue apareciendo décadas después. Hace poco, un hombre tocó el timbre de su casa y preguntó por “la señora Coca”. Era Juan Carlos Cela, alumno suyo en la Escuela 41 en 1962. Él, ya con más de 70 años, no podía creer que su maestra lo reconociera. También recuerda a exalumnas que eligieron la docencia inspiradas por aquellas clases y a quienes organizaron un festejo sorpresa por sus 90 años, con fotos y recuerdos de toda una vida escolar.
Tras jubilarse en 1989, continuó trabajando como bibliotecaria hasta 2007. Y tampoco dejó de aprender: en la Universidad Nacional del Centro cursó literatura, publicó tres libros y a los 90 años editó Aventuras de una maestra rural, construido con documentos, discursos y escenas guardadas de sus primeros destinos. Entre ellas, la llegada de la luz eléctrica a la Escuela 41 en 1967.
Su mirada sobre la educación actual no esquiva el debate. Valora a los docentes de hoy, pero advierte sobre el riesgo de que la tecnología desplace la dimensión humana de la escuela. Para Coca, los dispositivos pueden ayudar, pero el maestro debe seguir siendo lo principal. A los 92, su lección todavía interpela a Tandil: ¿qué recuerdos queremos que un alumno conserve de su paso por la escuela?
Para Coca, los dispositivos pueden ayudar, pero el maestro debe seguir siendo lo principal

